martes, 29 de diciembre de 2009

Juegos de Azar

Lo Malo Del Juego De Azar

La palabra juego es definida como: “Jugar una partida por dinero u otra apuesta... por tanto: Apostar dinero o alguna otra cosa de valor sobre un evento incierto; arriesgar; apostar” (Webster’s New International Dictionary). Hay dos elementos esenciales implicados en el juego:

(1) Una apuesta, por medio de la cual, uno se coloca para ganar lo perdido por los demás, dependiendo del resultado de algún elemento seleccionado al azar

(2) El elemento de azar es determinado arbitrariamente por las partes implicadas. Esto difiere del riesgo, como está envuelto en una granja, conduciendo un automóvil, participando en juegos atléticos, etc., en que en el juego uno se coloca para ganar lo que los otros pierden, siendo el factor decisivo (en cuanto a quién gana y quien pierde) un evento arbitrariamente seleccionado. En la granja, etc., el beneficio no es buscado a expensas de los demás y el riesgo no es ideado (el granjero estará contento sin que ningún riesgo estuviera implicado).

El juego no abarca el ganar por miedo del trabajo o el trueque de valores; no produce nada de valor. No es una práctica de la economía legítima. Es un medio ilegítimo de transferir propiedad —“Un modo de transferir propiedad sin producir algún bien intermedio”, como Samuel Johnson lo expresó.

 

El Juego Viola la Legítima Economía

Hay tres medios legítimos de transferir propiedad:

(1) La ley del trabajo, donde es pagado y ganado dinero por el esfuerzo gastado, ya sea físico o mental.

(2) La ley del cambio o trueque, donde una comodidad es cambiada por su valor en dinero o bienes.

(3) La ley del amor, donde es dado dinero sin alguna esperanza o deseo de que sea retornado.

El juego no se encasilla en alguno de estos. El Creador del hombre reconoce estos principios de la economía y las autoriza.

El hombre es enseñado a prosperar materialmente a través de:

(1) El trabajo. El debe “trabajar, haciendo con sus manos lo que es bueno...” (Ef. 4: 28), “...que trabajando sosegadamente, coman su propio pan” (2 Tes. 3:12). El “…obrero es digno de su salario...” (Lucas 10: 7) (Véase también Mateo 10: 10; 1 Co. 9: 9-10; 2 Co. 11: 8; Mateo 20: 1-15) El hombre puede ganar a través del…

(2) Cambio o trueque de algo de valor, comprar y vender (Mateo 25: 27; Mateo 13: 44-45; Hechos 16: 14; Lucas 22: 36) Y puede…

(3) Dar y recibir, como en el socorro de las necesidades físicas (Ef. 4: 28; Hechos 2: 45; 11: 29)

El juego es una violación de todas estas. No envuelve el ganar por razón del trabajo; no envuelve el trueque de valores iguales; ni envuelve algún regalo sin ningún deseo de retorno. Produce nada y añade nada a nuestra economía. Es un parásito de la economía legítima y existe sin autorización divina.

El Juego Viola la Ley Divina

Podría preguntar uno: “¿Cómo puede el juego ser una violación de la ley divina cuando el `juego’ ni está mencionado en la Biblia?” No toda conducta pecaminosa está nombrada específicamente en la Biblia. Más bien, la Biblia expone unos principios por los cuales la conducta específica puede ser discernida como buena o mala. Puesto que las palabras “violación, suicidio, ratería, contrabando de licores, trata de blancas”, etc., no se encuentran en la Biblia, ¿debemos concluir que la conducta que ellas describen reciben la aprobación divina? No; ellas están en violación de los principios de la conducta correcta y están cubiertos por términos generales de condenación. Lo tal es verdad del juego.

El juego es incorrecto porque viola la industria que Dios ha ordenado para el hombre y lo vuelve incompetente para esta misión en la vida (Gn. 3: 19) Los ingresos de uno deben venir como resultado de su propia industria: “Y que procuréis tener tranquilidad, y ocuparos en vuestros negocios, y trabajar con vuestras manos de la manera que os hemos mandado, a fin de que os conduzcáis honradamente para con los de afuera, y no tengáis necesidad de nada” (1 Tes. 4: 11-12) Por otro lado, Pablo escribe: “Porque también cuando estábamos con vosotros, os ordenábamos esto: Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma” (2 Tes. 3: 10) El jugador se lucra solamente a expensas del trabajo de otros. El juego no contribuye al bienestar de la sociedad — no es productivo, es un parásito.

La motivación del juego es esencialmente la codicia. Busca las recompensas del esfuerzo de otros. La codicia es “anhelar desmedidamente (algo que es de otro)” [Webster’s New Internacional Dictionary]. Esta disposición del corazón es condenada: “Porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores” (1 Timoteo 6: 10; comparar con Col. 3: 5)

El juego está acompañado por males. “Por sus frutos los conoceréis...” (Mateo 7: 16) El juego atrae al elemento criminal de la sociedad. Y resulta en hogares destruidos, hurtos, y asesinatos, y deja en su curso hijos hambrientos y destruidos los corazones de los seres amados, y lleva al alcoholismo y al suicidio. Los reportes del crimen testifican estos frutos.

El juego no conduce a la piedad. Uno difícilmente puede describir a Cristo tirando los dados o haciendo girar la ruleta para financiar sus viajes entre los hombres para enseñarles la justicia (1 Pedro 2: 21-22) Tampoco Sus declarados “discípulos” ejercerán una influencia para el bien en las mesas de juego. ¿Puede ser dicho que el juego es verdadero, honesto, justo, puro, amable, de buen nombre, digno de alabanza? No obstante, deberíamos pensar en estas cosas (Fil. 4: 8)

El Juego es Opuesto a lo Bueno de la Sociedad

Desde una consideración temporal, el juego es un flagelo sobre la sociedad. Destruye a los buenos ciudadanos. El Senador Estes Kefauver escribió en su libro, “El Crimen en América”, sobre los descubrimientos del Comité del Senado Para la Investigación del Crimen: “Podrían ser llenadas páginas con ejemplos escuchados por el comité, de antiguas historias familiares de cómo finos ciudadanos y hombres de familia se volvieron indigentes, desfalcadores, y malos a causa de la tentación y seducción de las mesas de juego”.

El juego es un riesgo económico. Hace pedazos el comercio legítimo. El senador Kefauver reporta: “Hay más que abundancia de evidencia de que siempre que es permitido que exista el juego, legal o ilegalmente, el dinero es sacado de los canales legítimos del comercio, y que cuando el juego es reducido al mínimo, el negocio legítimo florece”. Relató la experiencia del estado de Wyoming, de cómo los negocios aumentaron tremendamente cuando el juego fue proscrito y como resultado los ingresos por impuestos se remontaron en el estado. El juego atrae al elemento criminal. El Comité del Senado Para la Investigación del Crimen (Mayo 10, 1950 - Mayo 1, 1951) descubrió que los centros de juego (como las Vegas y Reno, en Nevada) se habían “convertido en cuarteles generales para algunas de las peores bandas criminales de la nación”. Y sus intereses no están limitados a las mesas de juego sino a infiltrarse en la escena política para promover sus ambiciones. La súplica por el juego legalizado no emana de unos buenos principios económicos; sino más bien que “mucha de la propaganda por el juego legalizado puede ser trazada hasta los jugadores profesionales y organizados”. El juego desangra la economía de América, y principalmente en las arcas del crimen organizado, hay más que las utilidades combinadas de cien de las más grandes compañías manufactureras de USA (incluyendo U.S. Steel, General Motors, General Electric, etc.). El juego crea un ambiente ilegal. Ha sido argumentado que la legalización del juego sería un disuasor para el crimen organizado. La conclusión del Comité del Senado Para la Investigación del Crimen fue: “Como caso histórico del juego legalizado, Nevada habla elocuentemente con la negativa”. El estado de Nevada substancialmente ha tenido que aumentar la vigilancia policial, abarcando grandes extensiones, a causa de la “afluencia de rufianes, contrabandistas, y los otros parásitos inevitables que salen a la luz como maleza siempre que las operaciones de juego son ejercidas”. La ejecución de la ley se convierte en una tarea larga y más difícil. La promoción del juego por parte de la ley en cualquier ciudad es necia. Como el Senador Kefauver ha expresado: “El juego produce nada y añade nada a la economía o sociedad del hombre. América estará en un mal camino si siempre tenemos que recurrir al aumento del crimen y la inmoralidad con el propósito de producir una renovación para operar nuestras instituciones”.

Conclusión

Por ambas razones, la temporal y la espiritual, el juego es malo. El Cristiano debe abstenerse de toda especie de mal y mostrar un modelo de buenas obras (1 Tes. 5: 22; Tito 2: 7) Es cuidadoso de su influencia (Mateo 5: 16). Su voluntad está escondida en Cristo; no es ya más del mundo (1 Co. 6: 19-20; Stg. 4: 4; 2 Co. 6: 17-18) Por tanto, el Cristiano no juega, ni da su consentimiento para ello (Ro. 1: 32)

Como el juego mismo es incorrecto, no se puede hacer una distinción en la cantidad de la apuesta. No solamente es incorrecta para aquellos que no pueden “darse el lujo de” perder; es incorrecta para todos. Ya sea por una gran cantidad o por el precio de un café, el juego es incorrecto.

 (Gospel Anchor, Vol. 7, Pág. 249 --Gene Frost)

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